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Matar a nuestro mejor amigo

24 mayo , 2015

amigo lobo

Por MAURICIO ANTÓN
(Secretario General de Lobo Marley)

Se he dicho muchas veces que el perro es el mejor amigo del hombre, pero resulta asombrosa la crueldad inhumana con la que llegamos a tratar a esos seres inocentes que llevan miles de años dándonos su amor incondicional. Nuestra insensibilidad resulta aún más decepcionante a la vista de las teorías más recientes sobre la domesticación del perro. Según las evidencias, ese proceso no se inició, como se solía creer, con la adopción por parte de una tribu de humanos paleolíticos de algún cachorrillo de lobo arrebatado a su manada. Al contrario, todo habría comenzado con la aproximación espontánea hacia los humanos por parte de los lobos, que llevados por el hambre y la curiosidad, frecuentaban los campamentos de nuestros antepasados y comían los restos de sus banquetes. Y así terminaron, convirtiéndose en aliados del Homo sapiens en la caza y en la vida, y tal vez otorgando a nuestra especie la ventaja definitiva sobre los neandertales que entonces competían con nosotros por los recursos. Es inevitable preguntarse si aquellos lobos se lo habrían pensado dos veces, de haberse imaginado la ingratitud futura de sus nuevos «amigos».

Pero, cualquiera que sea el origen de la domesticación del perro, el hecho científico incontestable es la identidad del perro y el lobo, que biológicamente son en su origen una y la misma especie. Ahora bien, si el lobo domesticado ha sufrido todo género de abusos por nuestra parte, el destino de aquellos que conservaron su libertad ha sido en cierto modo más cruel. Muchas personas que dispensan a sus mascotas un trato humano y hasta cariñoso luego no dudan en calificar al lobo de alimaña y perseguirlo con saña inaudita. Nuestras leyes al menos contemplan castigos para los que maltratan a sus perros, pero todavía permiten la caza «deportiva» del lobo como una manera aceptable de matar el tiempo.

¿Por qué es aún permisible matar a los parientes libres, salvajes, de nuestro mejor amigo? Por la cabeza de muchos pasará la respuesta «porque se comen a las ovejas», pero ésta es inadecuada por dos razones: primero, porque los ataques de los lobos afectan como mucho al 1% de nuestra cabaña ganadera y el coste de esos daños (que casi siempre se podrían haber evitado con las oportunas medidas preventivas) es muy fácil de asumir para la administración. Y segundo, porque la motivación de las personas que aprietan el gatillo para matar a muchos de nuestros lobos ibéricos no tiene nada que ver con los daños al ganado, salvo en la medida en que los utilicen como excusa para ocultar (u ocultarse a sí mismos) otras razones.

Para conocer la motivación real, resulta instructiva una entrevista, emitida recientemente en una televisión regional, con dos delincuentes que se dedican a la caza furtiva. Ocultos tras sus pasamontañas, admiten que el único animal al que disparan siempre y en toda circunstancia es el lobo. ¿Por qué, se pregunta uno? ¿Tal vez para librar al campo de un animal que ellos consideran dañino? Pues no, lo hacen por motivos económicos. «El lobo siempre lo tenemos vendido», reconocen ante la cámara. Y es que la demanda por los despojos del lobo ibérico es incesante. Por eso los furtivos los congelan en sus arcones y los sacan cuando se lo piden los organizadores de cacerías de lobos, que se los pagan a buen precio. Se trata de un engaño siniestro, donde al «señorito» que desea matar un lobo pero no tiene suficiente puntería se le lleva hasta el cadáver de un cánido que ha pasado meses congelado, haciéndole creer que él lo derribó.

Aquí asoma su fea cara una motivación vilmente monetaria, que lleva a estos sujetos sin escrúpulos a matar a cuanto lobo se cruza en su camino, (y sobre todo a los que NO se cruzan, a los que atraen con cebaderos ilegales). Pero tampoco es éste el origen último de este negocio: la clave de todo negocio ilegal es que no sólo hay quien vende, sino también quien está obsesionado con comprar determinadas cosas, al precio que sea. Y nuestros dos encapuchados nos vuelven a ilustrar cuando se les pregunta qué trofeo es el más pretendido por los coleccionistas: «lo que más te pagan son los lobos», responden sin titubear.

Ahora nos estamos acercando más a la respuesta que buscamos. Los cazadores «deportivos» pagan tanto por un lobo que éste se ha convertido en el trofeo más codiciado, a pesar de que cazar a un superdepredador es contrario al origen mismo de la caza en la humanidad: la subsistencia. Y es que el deseo de matar lobos en realidad obedece a un impulso muy distinto: la fascinación hacia el carnívoro más poderoso de los ecosistemas holárticos. El cazador humano percibe la potencia del lobo, que es el emblema más imponente de la naturaleza salvaje, y por ello colgar su cabeza disecada en el salón se percibe como un logro más importante que los trofeos más espectaculares de ciervo o cabra montés. El cazador siente que se pone a prueba ante el lobo, y si encima es el macho alfa de la manada, con su poderosa cabeza, el que cae bajo sus balas, entonces el «subidón» de adrenalina bien le compensa por todo el dinero que se pague por él, y por el hecho de saltarse la ley en el empeño, si ello fuese necesario. Y por desgracia casi siempre lo es, ya que abatir a un lobo en condiciones más leales, sin recurrir a cebaderos, es una hazaña que casi ninguno de nuestros cazadores podría acometer. Esta descripción de las motivaciones del cazador no me la invento yo, si no que se desprende claramente de la lectura de cualquier panfleto publicitario de las empresas que ofertan la caza del lobo, en cuyos textos se describe sin ningún sonrojo todo lo que acabo de exponer en este párrafo.

Esta situación puede resultar tan ofensiva como desesperanzadora para cualquier lector sensible, y sin embargo contiene el germen de la esperanza del cambio. ¿Por qué? Muy sencillo. La fascinación por el lobo es una emoción real y profunda, que sólo se vuelve negativa al mezclarse con la violencia y el ansia de dominio. Es como el amor, que puede tener consecuencias tan funestas al desembocar en el abominable «la maté porque era mía». Si separamos la fascinación por el lobo de los rasgos más inmaduros del carácter, entonces esa emoción tiene el potencial de llevarnos hacia una relación productiva con la naturaleza salvaje. Los ejemplos están por todas partes, pero para mí uno de los más hermosos es la transformación que se está produciendo en la cultura Samburu de Kenia. Esta tribu de pastores aguerridos tradicionalmente han matado a los leones como muestra de hombría y en parte en venganza por los daños al ganado. Pero recientemente algunos de ellos se han dado cuenta de que los tiempos han cambiado, y de que la amenaza que pende sobre el león también se cierne sobre sus propias cabezas. Y, haciendo uso de esa cualidad tan propia del ser humano —el raciocinio— han decidido cambiar y dar un paso hacia adelante. Ahora su manera de ganar su pulso con el león es convertirse en sus protectores, y usar sus dotes de guerreros para salvar al león de la extinción. Mis amigos del grupo conservacionista «Ewaso Lions» están siendo testigos de excepción y colaboradores de este cambio histórico, que es un síntoma de que la llegada de la madurez de la humanidad puede ocurrir y está ocurriendo. Y ahora tiene que ocurrir en España también. El lobo, igual que el león, es un imán de primera magnitud para el turismo de naturaleza, y puede traer prosperidad a comarcas que hoy languidecen bajo el sistema de propinas y sobornos de la caza del lobo. Pero dar el paso hacia ese turismo no puede ser un fin en sí mismo, es sólo el principio del cambio hacia una relación mucho más armoniosa con el entorno natural.

Hasta aquí me he centrado en la motivación cinegética que mantiene el negocio de la caza del lobo, aunque sé que muchas muertes de lobos en nuestro país obedecen a otro impulso igualmente ancestral: el odio, tanto hacia el animal en sí, como hacia las personas que luchan por su defensa. El odio, que nos parece algo tan terriblemente esencial, en realidad es el pasatiempo más barato para las mentes simples, y esto lo saben bien los políticos oportunistas que lo explotan a la menor oportunidad. Y ellos saben que, puesto en la balanza frente a algo tan refinado como la sensibilidad ambiental, el odio pesa y la inclina, como el plomo de las balas con las que se expresa.

Y sin embargo, la sensibilidad hacia la naturaleza no es un lujo ni un divertimento. Es la cualidad que permitió a nuestros antepasados del paleolítico sobrevivir como especie, y aunque su utilidad pueda quedar enmascarada en medio de nuestro espejismo tecnológico, hoy es más crucial que nunca. Se nos viene encima una crisis medioambiental frente a la cual la crisis del ladrillo va a parecer un juego de niños, y muchos se empeñan en mirar para otro lado. Tenemos que estar preparados para hacerle frente si es que nos preocupa en lo absoluto en qué clase de mundo van a crecer nuestros hijos y nietos. Y, así como el lobo fue nuestro aliado ante los retos de la edad del hielo, lo puede ser una vez más ante los actuales desafíos medioambientales. Está en nuestras manos que así sea. Empecemos por exigir la protección del lobo en todo el territorio nacional, y por no votar a quienes específicamente proclamen su persecución. Y después ya irá viniendo lo demás. Va a ser una lucha larga pero por algún sitio hay que empezar.

One comment

  1. Estupendo artículo. Hay que tener esperanza, la humanidad esta en proceso de cambio. Lo negativo desaparecerá con el tiempo, y no falta mucho para ello. El lobo será reconocido no solo como un especie protegida, sino como un animal sagrado, como lo es para todos los indigenas donde vive esta especie, por todo el holoártico. Ánimo, cada vez queda menos para su salvación.



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